Nov/Dic 2015  |  Núm. 16





Dra. Ma. del Carmen Montenegro Núñez
Académica en la Facultad de Psicología de la UNAM


Ángulos del Fraude

La verdad, la personalidad y el poligrafista, como variables en la efectividad del polígrafo

Este artículo se puede sumar a muchos más que abordan el mismo tema, en la mayoría de ellos se busca coadyuvar en la búsqueda de la “verdad”, particularmente tratándose de un hecho delictivo o para seleccionar personal. La verdad que se pretende dejar inscrita en este artículo, retoma el viejo adagio: Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira.

La principal técnica que se conoce para detectar mentiras es el polígrafo, cuyo vocablo del griego antiguo lo refiere al escritor que escribe mucho y de muy diferentes temas o campos. El Polígrafo alcanzó en los últimos ocho años una gran popularidad, particularmente porque se le atribuyó la capacidad de identificar personas que podían representar un riesgo para la institución a la que aspiraban ingresar o bien de la que formaban parte. Ha pasado un tiempo suficiente para valorar el éxito o fracaso de la técnica, da la impresión de que sus resultados no son, ni remotamente lo que se esperaba, de modo tal que su popularidad ha disminuido considerablemente. La novedad en el uso del polígrafo no es acorde con sus años de vida ya que, como hemos señalado en un artículo previo, se tiene información que su manufactura data de 1924.

El polígrafo probablemente pudiera ser de mayor utilidad en la investigación del delito, porque el interrogatorio puede quedar acotado a un comportamiento particular, a su móvil y autoría. Bajo esa misma lógica nos planteamos, cuáles son esas “verdades” que se buscan y que pretenden garantizar el personal ideal, tanto en el ingreso como para la permanencia en la institución.

Estos planteamientos le dan estructura al artículo y nos lleva a analizar el valor de la “verdad” y la “funcionalidad de las mentiras”; la personalidad del evaluado y la actitud del poligrafista.

Goffman en su libro “La presentación de la persona en la vida cotidiana” señala que cuando un individuo llega a la presencia de otros, estos tratan por lo común de adquirir información acerca de él o de poner en juego la que ya tienen. Les interesará su status socioeconómico general, su concepto de sí mismo, la actitud que tiene hacia ellos, su competencia, su integridad, etc. Aunque parte de esta información parece ser buscada casi como un fin en sí, hay por lo general razones muy prácticas para adquirirla. La información acerca del individuo ayuda a definir la situación, permitiendo a los otros saber de antemano lo que él espera de ellos y lo que ellos pueden esperar de él. Así informados, los otros sabrán cómo actuar a fin de obtener de él una respuesta determinada. Si no están familiarizados con el individuo, los observadores pueden recoger indicios de su conducta y aspecto que les permitirán aplicar su experiencia previa con individuos aproximadamente similares al que tienen delante o, lo que es más importante, aplicarle estereotipos que aún no han sido probados.

Goffman señala que en la cultura angloamericana las concepciones de los otros, se formulan con base en dos modelos basados en el sentido común: la actuación real, sincera y honesta, y la falsa, que consumados embusteros montan para sus espectadores, ya sea con la intención de no ser tomados en serio, como en el trabajo de los actores en escena, o con la intención de serlo, como en el caso de los embaucadores.

Los actuantes pueden ser sinceros, pero este tipo de sentimientos respecto del rol no es necesario para que la actuación sea convincente. Algunas actuaciones son llevadas a cabo exitosamente con completa deshonestidad, otras con completa honestidad; pero ninguno de estos dos extremos es esencial para las actuaciones en general, ninguno de estos dos extremos es aconsejable desde el punto de vista dramático. Es decir, simplemente hay que ser convincentes. Si un individuo ha de expresar estándares ideales durante su actuación, tendrá entonces que abstenerse o encubrir la acción que no sea compatible.

Bajo estos planteamientos de Goffman, procede preguntarnos si lo verdaderamente importantes es comunicar “la verdad” o “la mentira“; y ser convincentes para decirles a los demás lo que quieren oír. Por ejemplo, hemos llegado a escuchar a ciertos delincuentes que aceptan haber matado a 600 personas, esto para los escuchas resulta inaudito e inaceptable, por lo que una verdad de esta magnitud puede convertir en cínico la persona quien así se ha expresado, no obstante de haber dicho la verdad. Seguramente se esperaba que él ocultara sus atrocidades, negando los delitos que le adjudicaban, o que al menos los minimizara. Al parecer en estos casos no resultan deseables las verdades completas, es preferible las “medias verdades” o “las medias mentiras”.

La mentira está ligada a la historia de la humanidad e incluso calificada por algunos como una habilidad y por otros como una condición digna de sanción. Podemos agregar que en la deseabilidad social, la verdad no es central, nuestros comportamientos deben ser cuidadosos para no lastimar a nadie, y respondiendo al adagio que dice: Quien dice lo que piensa no piensa lo que dice. Como parte de las habilidades sociales aprendemos que ser discreto es una virtud que nos va a llevar al ocultamiento de aquellos aspectos que pueden generarnos una crítica o ser excluidos de un grupo. Siempre actuamos en función del escenario donde nos encontramos y de nuestro interlocutor, buscando identificar lo que espera de nosotros y actuando en consecuencia.

Las mentiras tiende a ser funcionales, por ejemplo, la razón por la cual mienten los niños es para evitar el castigo de sus padres, parece una razón justificada con la que pretenden no perder el afecto. En el programa del doctor House, se muestra que las mentiras de los pacientes dificultan su diagnóstico, por lo que el referente esencial es partir de que “todos mienten”. Finalmente, podemos señalar que mentir es una condición adaptativa, que nos da la posibilidad de ser aceptados y no estigmatizados o excluidos, también nos permite evitar herir a las personas: “no eres tu, soy yo”.

En el caso de la selección de personal podemos identificar que ante las propias expectativas que ha construido la institución se confrontan también las expectativas de los aspirantes. Ambas partes supone una serie de cosas, tanto de lo que representa ese trabajo y de lo que la persona es, o requiere ser y hacer, y ambas posturas tienen sus propias medias verdades y medias mentiras, para generar una imagen favorable.

Recurramos ahora al concepto de personalidad, término que tiene su origen en el teatro en Grecia, donde no había micrófonos y la voz no era lo suficientemente potente como para llegar a todos los espectadores. Entonces se usaban máscaras, cada una de ellas expresaba un sentimiento mediante una mueca, tristeza, alegría... Estas máscaras se llamaban "per sona", para sonar. La personalidad entonces es, como diría Goffman, una máscara, algo que utilizamos para hacernos oír. Y lo que es importante destacar es que no usamos sólo una máscara, utilizamos “máscaras”, y cada una de esas máscaras dependerá de las circunstancias. Por ejemplo, no hablamos con todos de la misma manera, y no es un asunto de confianza, ya que se puede hablar con confianza con el jefe, de manera diferente a la confianza que se le tiene a la pareja o a los padres.

Además de la verdad, la mentira y la personalidad, me permito ahora poner a consideración otra reflexión más. Es posible que si las mentiras son funcionales es porque no existen recursos interpretativos adecuados para dar el debido significado a las verdades, no contempladas en el catálogo de la deseabilidad social, por más que hayan demostrado ser condición humana. Por ejemplo, el poligrafista llega a preguntar si la persona ha mentido; si conoce la mariguana o si la ha fumado. Considerando que la persona evaluada, requiere dar una buena imagen ya sea porque desea tener o conservar un empleo, o bien porque quiere evitar cualquier situación de conflicto, si su lectura es adecuada en cuanto a lo que se espera de él, entonces se verá obligada a mentir, diciendo por ejemplo que nunca ha mentido; asimismo evitará el estigma de ser un adicto y negará cualquier experiencia con alguna droga, no obstante que las estadísticas refieren que un alto porcentaje de personas ha llegado a experimentar con mariguana, al menos en una ocasión, sin que esto ocasionara adicción o fracaso en su vida. La formulación de tales preguntas y lo que se espera de las respuestas, obligan a decir mentiras, porque lo contrario los llevará a no ser aceptados.

Es muy probable que las mentiras se exacerben en los procesos judiciales y no necesariamente por evitar el castigo, que en ocasiones puede llegar a la pérdida de la libertad, también la víctima en muchas ocasiones tiene que mentir, y no por su legítimo derecho de exigir justicia, sino también, porque todo lo que diga, puede ser tomado en su contra. De tal manera que en estos procesos se habla de “verdades jurídicas o procesales” y “verdades histórica de los hechos”.

Con la finalidad de ejemplificar empíricamente la forma en que se buscan e interpretan las verdades, me permito citar el caso de “Presunto Culpable”, que dio lugar a la película con el mismo nombre. Los datos que se ofrecen fueron tomados del artículo de Héctor Mauleón, publicado en la revista Nexos, y reproducen elementos de la entrevista realizada por la psicóloga:

  • Buenas tardes
    • Siéntate. ¿Te drogas?
  • No, gracias a Dios, no. De hecho cuando estaba en la delegación pedí que me hicieran un examen para que se dieran cuenta de que yo no tenía nada que ver con una banda que vende drogas.
    • Pero te drogas o no
  • No
    • Ah, ¿Con nada?
  • Con nada. Solo fumo Marlboro
    • Ah. ¿Y ni la has probado?
  • No
    • ¿No?
  • De veras no
    • ¿Qué drogas has visto?
  • ¿Aquí en el reclusorio? Cocaína y mariguana
    • o sea que sí las conoces
  • Sí las conozco pero no las consumo
    • Muy bien. ¿Cómo te llevas con tus papás?
  • No tengo papá. Tengo padrastro. Me llevo super bien con ellos
    • ¿Y por eso los decepcionaste?
  • ¿Cómo?
    • ¿Por eso decepcionaste a tus padres? Como te llevas muy bien con ellos mataste a ese chavo y estas en la cárcel. Los decepcionaste ¿no?
  • Yo no maté a nadie
    • ¿Cómo te llevas con tu novia?
  • Bien
    • ¿Qué es bien?
  • Bien. Llevamos 10 años me pienso casar con ella.
    • ¿Discuten?
  • Tenemos discusiones como cualquier persona. A veces no concordamos.
    • ¿Cómo lo mataste?
  • Yo no lo maté
    • Ah, tu no lo mataste. Entonces ¿Por qué te acusan?¿Por qué le das vuelta a las cosas? Contéstame como lo mataste.
  • Le digo que no lo maté
    • Contéstame sí o no
  • No voy a inventar algo porque usted me lo pide. Yo no lo maté. No he matado a nadie.

El acusado agrega: El estudio criminológico que salió de esta entrevista señala que soy violento, manipulador, golpeador y probablemente consumidor de drogas. Los compañeros de celda me dicen que a los homicidas suelen ponerlos con la psicóloga más ruda.

Todos me dicen “Pero si tu pareces perico, ¿qué te pasa ahora?”.

Este elocuente caso, nos permite demostrar la forma de buscar “verdades” diciendo mentiras, lo que nos evoca a Alphonse Bertillon, quien señala que Los prejuicios condicionan nuestra aproximación a los problemas, sólo vemos aquello que observamos, y sólo observamos aquello que ya está en nuestras mentes. El caso también nos da la oportunidad de hablar de la persona que ejerce los interrogatorios, los cuales en un gran número de casos es inquisitivo e intimidatorio, sin importar si se trata de una evaluación de personal o de una investigación del delito, al parecer las actitudes no marcan ninguna diferencia. Con gran frecuencia en búsqueda de la verdad, se vulnera a la persona, no habrá respuesta que satisfaga, porque siempre la duda y la suspicacia de los evaluadores y polígrafista es desproporcionalmente más grande, siempre dejan ver que algo se les oculta.

Los poligrafistas y otros profesionales que toman decisiones respecto al futuro de otros, buscan ser reconocidos con un poder mágico o esotérico que les permite escudriñar en el pensamiento y en la historia del interrogado, no obstante su silencio o sus respuestas acotadas. Con ese falso poder y la gran suspicacia y desconfianza que los recubre, llegan a violentar psicoemocionalmente a las personas, probablemente no son así todos, pero muchos asumen ese comportamiento, que parece más parte del protocolo que se aprende junto con la técnica del polígrafo. Adicional al poder que ostentan, agregan que de ellos depende su futuro, con lo cual las personas se ven muy intimidadas, asumiendo frecuentemente una actitud de sumisión, ya que una actitud contraria, pareciera dejarla sin posibilidades de ser aceptada o promovida.

Por supuesto que no plantearía formas mejores para identificar “el engaño” (que es una actitud en el tiempo y en el espacio), el énfasis lo pondría en un diagnóstico institucional y en la promoción de una cultura de la legalidad. El escudriñar en todo aquello que se considera no deseable socialmente tiene que replantearse, tanto como los actuales referentes de deseabilidad social los cuales deben ser acordes con las nuevas circunstancias y con el desarrollo del conocimiento que articula la condición humana como proceso y producto de su interacción social. Es importante sustituir los modelos de evaluación del comportamiento humano centrado en la fallas, que aparentemente buscan contener la mar de “mentiras”, por modelos de evaluación centrado en los talentos, los logros, las habilidades y otros factores que la gente ha construido a lo largo de su vida, de otra manera el “valor de la verdad”, seguirá siendo sustituido por la “mentira funcional”.

Bibliografía

De Mauleón, Héctor. (Marzo, 2011). “Presunto culpable: Las jaulas de la justicia”. Revista Nexos. México. Disponible en: http://www.nexos.com.mx/?p=14181

Goffman Erving (2001). La presentación de la persona en la Vida Cotidiana. México: Amorrotu Editores

Ruiz-Garzcon, Gabriel. (2013). “Bertillon and Galton. Probabilistic arguments related to the identification of criminals”. Historia y Enseñanza. Boletín de Estadística e Investigación Operativa Departamento de Estadística e I.O. Universidad de Cádiz. Vol. 29, No. 2, Junio 2013, pp. 129-140. Disponible en: http://www.seio.es/BEIO/files/BEIOVol29Num2Jun2013-HyE.pdf




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